Espasmos del sollozo: cuando el susto no es peligro

Los espasmos del sollozo suelen generar un gran susto en madres y padres, especialmente cuando se ven por primera vez. Aunque el episodio puede parecer grave —con llanto intenso, apnea o incluso pérdida momentánea de conciencia—, en la mayoría de los casos no son peligrosos ni dejan secuelas.

Conocer qué son, por qué ocurren y cómo actuar puede marcar la diferencia entre el miedo y la tranquilidad. Espasmos del sollozo: cuando el susto no es peligro

¿Qué son los espasmos del sollozo?

Los espasmos del sollozo son episodios involuntarios que aparecen generalmente tras un llanto intenso, provocado por una emoción fuerte como frustración, enfado, miedo o dolor.

Durante el episodio, el niño puede:

  • Dejar de respirar durante unos segundos
  • Ponerse morado o muy pálido
  • Perder el tono muscular
  • Llegar a desvanecerse brevemente

Aunque resultan muy impactantes, no son convulsiones ni crisis epilépticas.

¿A qué edad aparecen?

Suelen comenzar entre los 6 meses y los 2 años, siendo más frecuentes entre el primer y tercer año de vida.

La mayoría de los niños dejan de tenerlos de forma espontánea antes de los 5 años.

Tipos de espasmos del sollozo

Existen dos tipos principales de espasmos del sollozo y, aunque ambos pueden resultar muy alarmantes para las familias, su origen y evolución son distintos.

El espasmo cianótico

Es el más frecuente y suele aparecer después de un episodio de llanto intenso provocado por rabia, frustración o enfado. El niño llora con fuerza, expulsa el aire y, de forma involuntaria, deja de respirar durante unos segundos. Como consecuencia, la piel puede adquirir un tono azulado o morado, especialmente alrededor de los labios, y en algunos casos se produce una pérdida breve de la conciencia. Aunque la escena es impactante, el episodio suele resolverse solo en pocos segundos y el niño se recupera rápidamente.

El espasmo pálido

Es menos común y generalmente se desencadena tras un golpe, un susto repentino o una experiencia dolorosa. En este caso, el niño no suele llorar de forma intensa, sino que se queda en silencio, muy pálido y flácido, como si se desvaneciera. Este tipo de espasmo está relacionado con una respuesta vagal del sistema nervioso, un reflejo automático que provoca una bajada brusca de la frecuencia cardíaca y del flujo sanguíneo al cerebro. Al igual que el espasmo cianótico, suele ser breve y no deja secuelas, aunque puede generar mucha preocupación en quienes lo presencian.

¿Por qué se producen?

Los espasmos del sollozo no tienen una causa única y suelen aparecer como resultado de varios factores que se combinan. Están relacionados principalmente con la inmadurez del sistema nervioso del niño, que todavía no es capaz de regular adecuadamente reacciones intensas como el llanto, la rabia o el susto. Cuando el pequeño experimenta una emoción muy fuerte, su organismo puede responder de forma refleja e involuntaria, provocando una breve interrupción de la respiración o una reacción exagerada del sistema nervioso autónomo. En algunos casos, la presencia de un déficit de hierro puede aumentar la frecuencia o intensidad de los episodios, por lo que es un aspecto que conviene valorar con el pediatra. Es fundamental entender que estos espasmos no son voluntarios ni manipulativos y que el niño no los provoca a propósito ni tiene control sobre ellos.

¿Son peligrosos?

No, los espasmos del sollozo no son peligrosos. Aunque el episodio puede resultar muy angustiante para quienes lo presencian, no dañan el cerebro ni provocan epilepsia, no afectan al desarrollo neurológico ni emocional del niño y no dejan ningún tipo de secuela a largo plazo. La recuperación suele ser rápida y completa, y tras unos segundos o minutos el niño vuelve a su estado habitual como si nada hubiera ocurrido.

Cómo actuar durante un episodio

Durante un espasmo del sollozo, la actitud de los adultos es clave. Mantener la calma ayuda tanto al niño como a la familia a atravesar el momento con mayor seguridad. Lo más adecuado es colocar al pequeño en una superficie segura, preferiblemente de lado, para evitar golpes si pierde el tono muscular. No se debe sacudir al niño ni intentar reanimarlo, ya que el episodio se resolverá solo. Tampoco hay que introducir nada en su boca. Lo más importante es esperar tranquilamente a que pase, ya que suele durar solo unos segundos. La serenidad de los padres transmite seguridad y facilita la recuperación.

Qué no hacer

Es importante evitar reacciones impulsivas o movidas por el miedo. Gritar, entrar en pánico o intentar estimular al niño de forma brusca no ayuda y puede aumentar la ansiedad del entorno. No se debe soplarle con fuerza ni sacudirlo, ya que estas acciones no acortan el episodio y pueden ser contraproducentes. Tampoco es recomendable ceder siempre ante una rabieta por miedo a que se produzca un espasmo, ya que esto puede reforzar conductas no deseadas. Una vez pasado el episodio, lo mejor es continuar con normalidad y no dramatizar la situación.

Prevención: ¿se pueden evitar?

No siempre es posible evitar los espasmos del sollozo, pero sí se puede reducir su frecuencia. Anticiparse a situaciones que generen frustración, mantener rutinas estables y predecibles y ayudar al niño a expresar sus emociones de forma progresiva puede marcar una gran diferencia. También es importante evitar respuestas excesivas ante las rabietas y acompañar al niño con calma y firmeza. Si los episodios son frecuentes, conviene consultar con el pediatra para valorar los niveles de hierro y descartar que este factor esté influyendo.

¿Cuándo consultar con un profesional?

Es aconsejable acudir al pediatra cuando los episodios aparecen sin un llanto previo, duran más de un minuto, se acompañan de movimientos extraños o rigidez prolongada, existen antecedentes neurológicos o comienzan después de los cinco años. También es totalmente válido consultar simplemente cuando la familia necesita tranquilidad, información y orientación. En algunos casos se solicitarán pruebas para descartar otras causas, aunque lo habitual es que los resultados sean normales.

Acompañamiento emocional a las familias

Presenciar un espasmo del sollozo puede generar ansiedad, culpa o un miedo constante a que vuelva a repetirse. Es importante recordar que no es culpa de los padres, que no se trata de una enfermedad grave y que el niño no corre peligro. Estos episodios suelen desaparecer con el tiempo de forma espontánea. Hablar con profesionales de la salud y compartir experiencias con otras familias que han pasado por lo mismo puede ayudar a aliviar la carga emocional y a vivir esta etapa con mayor tranquilidad.

Los espasmos del sollozo son impactantes, pero benignos. Informarse, mantener la calma y acompañar emocionalmente al niño es la mejor forma de atravesar esta etapa.

Si tienes dudas, miedo o necesitas apoyo, consultar con el pediatra siempre es una buena decisión.